PARIS, TEXAS / Cuando el silencio vale más que mil palabras

” Yo no le tengo miedo a las alturas, le tengo miedo al suelo”

Desde hace años que estaba ahí. Un lomo más, entre muchos, que coloreaba la estantería. Sabía de su existencia y de su apabullante banda sonora pero no ha sido hasta hoy cuando nos hemos detenido a conocernos. Ella y yo. París, Texas y servidor.

Bajo un sol que no da tregua y los ásperos acordes, destinados a perdurar, de una guitarra, aparece un enigmático señor de mediana edad, desaliñado, apurando el último aliento en un desierto. También el de su existencia. Wenders, el títere de esta obra maestra, no quiere que sepamos mucho de ese señor con gorra desgastada y barba aún peor. Pero ni ahora ni luego. No es hasta bien entrados en el metraje que se nos permite identificar al señor con traje de ejecutivo tiznado por el polvo. Él es Travis. Un loser que como la mayoría de los mortales desconoce su identidad. A partir de ahora el interés radica en averiguar el futuro y el pasado de ese señor de lánguida mirada y zapatos consumidos.

París, Texas es un viaje. Un camino de redención. El punto de partida no es el inicio de la película. La salida la tenemos que encontrar. Wenders nos muestra migas de pan para seguir la senda hasta ubicarla. No es fácil y no hay que apurar. Disfrutemos del viaje sin saber de donde venimos pero sepamos a donde vamos. En el trayecto conocemos a Travis y sin darnos apenas cuenta, ese señor ya calza botas de cuero y se engomina el pelo pero su mirada sigue siendo la misma. Evidencia la derrota, la madurez, el desconsuelo.

 

Una vez puestos a andar queremos encontrar la salida. La meta no está muy lejos pero, ¿qué empuja a Travis haber estado separado de su familia durante cuatro años y volver? A veces queremos vivir el futuro olvidando el pasado. Permítanme hurgar en la herida pero el pasado siempre es necesario. Wenders sólo nos deja acariciar la historia de Travis en una escena sublime. Una de esas secuencias que responden inmediatamente al motivo fundamental de mi amor por el cine. Un dialogo, a través de un cristal, que mata por sincero. Una confesión que llega tarde pero que llega. Un analgésico contra el dolor de la autodestrucción. 20 minutos de puro cine y al final … el silencio. Ese que es sabio y todo lo dice.

 

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Lo mejor: Stanton y Kinski. De vértigo.
Lo peor: que haya alguien que alcance la meta sin encontrar la salida.

✭✭✭✭✭✭✭✭✭

Sobre nosotros Ulher

En el cine hacer llorar en más fácil que hacer reír, o eso dicen. Sin embargo, cuento con los dedos de una mano las veces que una película me ha hecho inundar el salón. Una tarea complicada la de llegar al corazón. Wenders lo hizo en un peep-show y desde entonces estoy recuperándome. Más tarde llegó Tornatore y casi muero en el naufragio. Con Daldry aún estoy desatando el nudo que me provocó mientras no dejo de maravillarme con la grandeza de los viajes de Kubrick.Amante del cine desde que tengo uso de razón. Crecí con las marujas deslenguadas de Almodóvar. Mi psicólogo de cabecera responde al nombre de Aronofski y los domingos cierro las noches con Wilder.

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